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ARTÍCULOS
Abril 2005
La utilización de la
actividad en
Terapia Ocupacional
Ponencia presentada en el
Congreso Virtual
de Psiquiatria.com año 2005
Pedro Moruno Miralles.
Doctor en Psicología. Terapeuta ocupacional.
Profesor Titular del Centro de Estudios Universitarios de Talavera de la
Reina. Universidad de Castilla La-Mancha.
RESUMEN
Podemos comenzar nuestra reflexión con una afirmación de Hannah Arendt
que quizá por obvia suele pasarnos desapercibida: "…la vida activa
no es solamente aquello a lo que están consagrados la mayoría de los
hombres, sino también aquello de lo que ningún hombre puede escapar
totalmente."
Si esto es así y nos proponemos indagar sobre las relaciones y vínculos
entre el quehacer humano - ese empeño al que nos consagramos y que no
podemos esquivar - y su salud mental, no podemos eludir preguntarnos sobre
la forma en que concebimos al ser humano y, por tanto, a la enfermedad
mental.
Dependiendo de cómo los pensemos, una respuesta u otra implicará
una consideración muy diferente sobre cómo se relacionan actividad y
salud y, consecuentemente, en la función que podría cumplir la actividad
en el posible tratamiento del enfermo mental. Si pensamos al ser humano
como un organismo y la enfermedad como consecuencia de las alteraciones de
los mecanismos o funciones que lo conforman; si lo pensamos como un sujeto
del inconsciente y al delirio como una metáfora; si pensamos que no es
más, en definitiva, que lo que hace, que como se comporta y su enfermedad
un proceso de desadaptación al entorno; o si lo pensamos como una entidad
con un potencial de realización innato que se comporta como consecuencia
de la forma en que percibe la realidad; decíamos, dependiendo de cómo
concibamos al ser humano, nuestra investigación tomará derroteros muy
distintos.
En este escrito nos proponemos realizar una sucinta revisión del valor
que se ha atribuido tradicionalmente a la actividad en el cuidado y
atención del enfermo mental. Lo haremos desde una óptica que trate de
esclarecer los vínculos entre el marco de referencia teórico en que nos
ubiquemos y la función que se supone a la actividad, para aventurarnos a
realizar algunas reflexiones que aspiran a aportar un poco de luz al tema
que nos ocupa.
Palabras clave: Actividad, Salud
Mental, Terapia Ocupacional.
Key words: Activity, Mental Health, Occupational Therapy.
Cuando en una conferencia pronunciada en 1957 Hannah
Arendt reflexiona sobre las relaciones entre la vida activa y la vida
contemplativa, señala una evidencia que no debería pasarnos inadvertida
-aunque la actividad humana no haya tenido demasiada relevancia como
objeto de estudio. Esta autora sostiene que, aun cuando no refutemos la
creencia tradicional que concibe la contemplación como de orden superior
a la vida activa:
"…, no podemos durar -y nadie lo ha
dudado- que es bastante posible para los seres humanos pasar por la vida
sin abandonarse jamás a la contemplación, mientras que, por otra parte,
ningún hombre puede permanecer en estado contemplativo durante toda su
vida. En otras palabras, la vida activa no es solamente aquello a lo que
están consagrados la mayoría de los hombres, sino también aquello de
lo que ningún hombre puede escapar totalmente.
A pasar de ello, raramente se ha atribuido la suficiente importancia a esa
característica de la condición humana, al menos no la suficientemente
para detenernos a examinar la actividad y los pormenores de sus relaciones
con los aspectos filogenéticos, ontogénicos, orgánicos, psicológicos,
culturales y sociales del ser humano. Si acaso, su estudio ha sido
fragmentario, desempeñando un papel accesorio y condicionado a otros
objetos de estudio con, supuestamente, más valor -siempre como parte de
entidades de mayor relevancia, dependiente de ellas o mero reflejo de
otros fenómenos más importantes.
Sin embargo, la actividad, como otros objetos
de estudio, es un aspecto de mucha entidad e importantes consecuencias,
dado que es indisociable de la vida misma, atada a la supervivencia
biológica del individuo, a las necesidades vitales consecuencia de su
crecimiento y mantenimiento. Ligada a los procesos biológicos de la vida,
se repite indefinidamente mientras ésta dura y diariamente nos
desplazamos, manipulamos los objetos de nuestro entorno y nos alimentamos.
Ineludiblemente hacemos, estamos obligados perentoriamente a la actividad.
Una consecuencia directa de esta unión entre la actividad y la
supervivencia del organismo es la relación de dependencia entre la
actividad y la autonomía personal. La experiencia con la psicosis (con la
enfermedad mental y, en general, con cualquier tipo de discapacidad)
coloca en primer término las relaciones de la actividad y la autonomía
personal. La imposibilidad o dificultad para llevar acabo actividades
cotidianas (tan frecuentes y que, además, ocupan gran parte de nuestro
tiempo diario) como alimentarse, asearse, vestirse o desplazarse implica
algún grado de dependencia de otros, que crea una pérdida de la
independencia personal.
En otras palabras, nuestra capacidad de actuar en el
mundo sin el apoyo o sustento de nadie es el reflejo del dominio y
libertad sobre nuestros actos.
De ahí que la capacidad de un sujeto para desenvolverse eficazmente en su
vida diaria; es decir, para realizar aquellas actividades cotidianas que
son necesarias su supervivencia (como alimentarse y desplazarse) y para el
mantenimiento de su salud (como asearse y vestirse), coadyuve a la
consecución de la autonomía personal y una mejora calidad de vida,
motivo por el que tradicionalmente han constituido un objetivo de
intervención en el tratamiento de la enfermedad mental (véanse,
entre otros, Kielhofner (2002) y Trombly y Radomsky (2002) y las
propuestas de la Asociación Americana de Terapia Ocupacional (1994 y
1999).
Si de acuerdo con la Clasificación Internacional del Funcionamiento, de
la Discapacidad y de la Salud (CIF) concebimos la salud como algo más que
la ausencia de síntomas; es decir, relacionada con el buen funcionamiento
de las estructuras y funciones corporales, pero también con la capacidad
para desarrollar actividades y participar socialmente, el desempeño
ocupacional se encumbra en uno de los aspectos de importancia en el
tratamiento de la enfermedad mental. Por tanto, la reducción del nivel de
actividad, la presencia de déficit que imposibiliten o dificulten la
realización de actividades, la limitación del número de ocupaciones
desempeñadas o la presencia de obstáculos o barreras que entorpezcan o
impidan la posibilidad individual de actuar, situaciones todas ellas tan
comunes en el ámbito de la salud mental (en especial, cuando tratamos con
la cronicidad), deben ser objeto de nuestra atención.
Por estos motivos, desde nuestro punto de vista, el aprendizaje,
adquisición, recuperación y mantenimiento de aquellas habilidades y
destrezas (que no han sido adquiridas, que se han deteriorado o perdido)
que permitan a un sujeto la realización de sus actividades de
automantenimiento y autocuidado de forma autónoma, constituye un elemento
de especial importancia en el tratamiento de la enfermedad mental.
No obstante, la asociación de la actividad con la autonomía personal no
es ni mucho menos el único lazo de la ocupación humana con la salud
mental. Es obvio que el desempeño de actividades además cumple un papel
fundamental en la integración y participación social más elemental.
Muchas de las actividades que realizamos -como acicalarnos, vestirnos,
trabajar, etc.- no sólo están relacionadas con el cuidado e
independencia personal, también podemos concebirlas como requisitos
previos para integrarnos en un grupo social y participar socialmente.
Reguladas por normas sociales y culturales,
que condicionan la forma y el momento en que las llevamos a cabo y
también el motivo por el cual las realizamos, son imprescindibles para
ser admitido y reconocido como un miembro de una determinada cultura y
sociedad. Por tanto, constituyen el soporte mínimo para que se dé una
integración social básica, permitiendo a cada sujeto realizar
actividades que lo incorporan a lo social y, a la vez, se conforman en
insignias que permiten reconocer a un individuo como perteneciente a una
determinada cultura y sociedad.
Por tanto, si la pertenencia y participación social están relacionadas
también con la salud, las actuaciones encaminadas a favorecer la
participación e integración social, ya sea a través del desempeño de
actividades educativas, laborales y productividad o por medio la
adaptación de tales actividades o del entorno físico o social en que
tiene lugar, debes ser un objetivo prioritario del abordaje de la
enfermedad mental.
Pero además, retomando de nuevo las reflexiones de Hannah Arendt sobre la
vida activa y la condición humana, resulta difícil eludir la paradoja
que la autora advierte respecto a la finalidad última de la actividad
humana. La autora subraya el hecho de que la labor -aquella que asegura
nuestra supervivencia- y el trabajo -por el que producimos y modificamos
el mundo que nos rodea-, son quehaceres que no constituyen fines en sí
mismos, puesto que inevitablemente se convierten en medios, si tomamos
como referente último al hombre, para una vida más confortable, más
holgada o, simplemente, para asegurar su supervivencia.
Dicho de otra forma, aprovechando las palabras textuales de la autora en
la conferencia que citábamos anteriormente:
"… la más mundana de todas las
actividades pierde su sentido objetivo original, deviene un medio para
satisfacer necesidades subjetivas, en sí misma y por sí misma ya no es
significativa, por más útil que pueda ser" (Pág.
101).
Esta cita nos permite introducir de forma ejemplar
la última de las dimensiones de la actividad humana que nos gustaría
considerar cuando reflexionamos sobre la actividad en el ámbito de la
salud mental; su valor simbólico.
Más allá de su vínculo con la supervivencia y la autonomía individual
y más allá también de su utilidad o funcionalidad (consecuencia éstas
del resultado o producto de tal quehacer, sean estos bienes de consumo, de
uso o gracias a su valor de cambio), las actividades pueden adquirir para
cada sujeto un valor simbólico que les dota de la potencialidad para
constituirse en vehículos de expresión de la propia individualidad. Por
tanto, pueden ser una manera de distinguirnos y comunicar lo que somos,
nuestra unicidad; pueden contribuir también a fraguar nuestra identidad,
a dar sentido a nuestra propia existencia. O, dicho con otras palabras, la
actividad puede constituirse en un vía posible de relación de cada
sujeto con el universo de significantes que le precede y en el cual está
abocado a enlazarse.
Trabajar, estudiar, las tareas domésticas y, también, por qué no,
vestirse asearse, comer o desplazarse son actividades portadoras de
sentido si, cada una de ellas y en conjunto, se articulan con la historia
personal y familiar, inscribiéndose en el entramado social y cultural al
que cada uno pertenece, favoreciendo la construcción de nuestra propia
historia, entretejida con la de aquellos que nos precedieron y también
con la de aquellos que nos seguirán.
En definitiva, gracias a su valor simbólico, la ocupación humana puede
configurarse como un símbolo, respondiendo a lo que uno es haciendo,
contribuyendo de esa forma a dotar de significado la experiencia vital de
cada sujeto.
En definitiva, cuando un sujeto se ve inmerso en la realización de
ocupaciones con un alto valor simbólico, tal empeño puede promover la
expresión individual, contribuir al desarrollo de la propia identidad y
al establecimiento de vínculos personales, sociales y culturales que
incidan, en último término, en la salud individual. Por tanto, podemos
concebir la ocupación como un agente que promueve la salud mental y
previene recaídas y/o la aparición de la enfermedad.
Para finalizar, a modo de conclusión, nos gustaría señalar que, desde
nuestro punto de vista, la faceta ocupacional del ser humano (la actividad
humana) puede ser contemplada desde diferentes perspectivas o niveles de
análisis y, consecuentemente, puede servir a diferentes propósitos en el
tratamiento de la enfermedad mental. De esta forma, dependiendo de las
características particulares de cada sujeto (por ejemplo: de su edad,
tipo de enfermedad, gravedad, evolución, contexto social, historia
personal, etc.), la ocupación puede ser considerada como favorecedora de
la autonomía o independencia personal, como coadyuvante de los procesos
de inclusión, pertenencia y participación social o como portadora de
sentido y vehículo de la expresión individual.
Bibliografía
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Issue: The guide to occupational therapy practice. 53 (3): 247-299.
American Occupational Therapy Association (1994). Uniform terminology for
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Arendt, H. (1993). La condición humana. Barcelona. Paidós.
Kielhofner, G. (2002). A model of Human Occupation: Theory and application.
3ª ed. Baltimore. Williams and Wilkins.
Moruno, P. (2001). Sobre la base conceptual de la terapia ocupacional.
Revista informativa de la APETO (25): 14-20.
Moruno, P. (2000). El valor simbólico de la actividad. Conferencia. Curso
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Organización Mundial de la Salud (2001). Clasificación Internacional del
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Romero, D. y Moruno, P. (2003). Terapia Ocupacional: Teoría y Técnicas.
Barcelona. Masson.
Trombly, C. y Radomsky, M. V. (2002). Occupational Therapy for Physical
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